“Estamos como el día 1”. La frase de Marta Montero, la madre de Lucía Pérez, la joven asesinada en 2016, abarca desde que denunciaron que dos narcofemicidas habían abusado y asesinado a su hija hasta hoy, dos juicios después, con la impunidad que sigue consagrada. El caso motivó el Primer Paro Nacional de Mujeres y ahora Marta, enfermera desde siempre, tomó la decisión de estudiar abogacía. La injusticia como una tortura para las familias y la lucha como un tejido social vivo en Mar del Plata, con un centro cultural, un bachillerato y un movimiento que sigue adelante.

Por Evangelina Buccari

Femicidio de Lucía Pérez: la década perdida, y el tejido social que sigue vivo
Marta en Mar del Plata: «Cuando a Lucía la captan, ¿dónde estaba el Estado cuidándonos si había narcos vendiendo en la puerta de la escuela como si nada? Si eso no es abandono, díganme qué es«. Foto: Juan Valeiro / lavaca.org

El 8 de octubre de 2026 se cumplirán diez años del femicidio de Lucía Pérez. Una década de marchas, expedientes, juicios anulados, cambios de carátula, condenas que bajan, recursos, apelaciones y una familia obligada a aprender el idioma de la justicia para intentar sobrevivir al horror.

“Estamos en el punto del comienzo”, sintetiza Marta Montero sobre el estado de la causa por el femicidio de su hija, que tenía solo 16 años cuando fue asesinada en Mar del Plata. Un crimen tan cruel que despertó el primer paro de mujeres en Argentina.

Marta habla suave. No levanta la voz, pero cada frase tiene firmeza, también mucho cansancio. Pide “un poco de paz” para su familia. Y remarca ese “un poco”, porque, aclara: “La paz completa no la vamos a tener nunca, porque Lucía no va a estar más con nosotros”.

En todos estos años dejó de ser solamente enfermera y mamá. Empezó a estudiar derecho para entender expedientes y resoluciones. Aprendió a lidiar con fiscales, jueces y abogados. También, a reconocer cómo funciona el sistema judicial que, según denuncia, revictimizó a su familia una y otra vez.

Junto a su marido, Guillermo Pérez, mecánico; y su hijo, Matías, tuvieron de algún modo que dejar de ser quienes eran para poder dedicarse a seguir, paso a paso, el caso de Lucía.

La reciente audiencia de cesura, que redujo la pena del principal condenado, Matías Farías, por el cambio de carátula de femicidio a violación agravada, y la libertad condicional de Juan Pablo Offidani volvieron a colocar el caso en el centro de la discusión pública.

Pero para Marta detrás de todo esto hay algo más profundo: insiste en nombrar el crimen de su hija como un “narcofemicidio”. Y en esa palabra hay una definición política, judicial y, también, social. Algo que con el abogado querellante Juan Pablo Gallego vienen intentado dejar en claro en cada intervención.

—Marta, después de estos años de lucha, ¿en qué punto está hoy la causa de Lucía?

—La verdad, estamos en el punto del comienzo. Esto ha sido una tortura, una tortura hacia una familia, una tortura del Estado. Y cuando digo Estado, digo Ejecutivo, Judicial y Legislativo. Hablo de todo lo que como familia hemos tenido que padecer. ¿Por qué digo que estamos como en el comienzo? Porque llevamos diez años luchando por la muerte de una hija en el peor contexto. Y cuando digo Estado, hablo desde el comienzo. Cuando a Lucía la captan, ¿dónde estaba el Estado cuidándonos si había narcos vendiendo en la puerta de la escuela como si nada? Si eso no es abandono, díganme qué es. Y así llegamos a hoy.

Femicidio de Lucía Pérez: la década perdida, y el tejido social que sigue vivo
Guillermo Pérez y Marta, los padres de Lucía, en una de las manifestaciones reclamando justicia. La bandera dice: «Por vos juramos vencer». En Mar del Plata funciona La Casa de Lucía, un espacio de encuentro para mujeres, un centro cultural, un bachillerato y un punto de referencia contra la impunidad.

—Hace unos meses, un fallo de Casación cambió la figura de femicidio por la de violación agravada. ¿Cómo impacta en el expediente?

—En una audiencia de cesura se le bajó la condena a Farías a 23 años. El Tribunal le dio 17 años y lo unificó con los 8 que tenía por tenencia de estupefacientes. El paso que sigue es que la fiscal de Casación, Daniela Bersi, apele esta sentencia y vaya, como nosotros, por la figura de femicidio.

La fiscal de Casación no defiende ni a Marta ni a Guillermo, ella defiende esa figura como pueblo. Cree que lo que le pasó a esa joven, que hoy es Lucía pero podría ser cualquier otra, fue un femicidio, y va a luchar por eso. Por el mismo pedido nosotros ya tenemos un recurso aceptado en la Corte Suprema. Por ahora, tenemos que terminar con esos pasos, esperar, y si es necesario, después seguiremos en otra instancia. Vamos a seguir hasta lo que corresponda por la lucha por Lucía.

—Varias veces te preguntaste irónicamente: ¿si esto no es femicidio, cómo lo llamamos?

—El fiscal Carlos Altuve fue el que llevó la causa como femicidio y fue un gran fiscal, que logró que se anule el primer fallo y se haga otro juicio. En ese primer momento era como que Lucía se había muerto no sé cómo, porque los tipos solo habían sido condenados por vender droga. Es más: en todos los recursos, las apelaciones y las sentencias nunca se dice que no hubo violencia de género. En todos los casos afirman la violencia de género.

Femicidio de Lucía Pérez: la década perdida, y el tejido social que sigue vivo
El femicidio de Lucía en Mar del Plata provocó el Primer Paro de Mujeres del país, como retrata la foto con la bandera y la imágenes de cientos de mujeres asesinadas que llevó MU y fue cabecera de la marcha.

—¿Confiás en que este nuevo Tribunal de Casación pueda revertir esa decisión?

—La palabra confianza ya es muy grande. Si vos me decís si creo, después de diez años, te lo dejo en suspenso, porque la verdad es que ya ni respuesta tengo.

—¿Qué impacto tiene para ustedes que Farías tenga hoy una condena menor?

—Es perverso. Cualquiera te puede matar, hacer lo que quiera con vos, y no pasa nada. Pensá todo lo que se le ha hecho a esta familia. Pero, además, va más allá de nuestra familia. Porque si a vos te pasa algo, contá con que no tenés ni justicia. Eso es lo más cruel del sistema: tener que dejar toda tu vida de lado para dedicarte a esto. Y siempre es poco. Es tan siniestro este camino, tan siniestro, y nosotros, en medio de todo este caos, hacemos lo que podemos, porque hasta las defensas que hemos tenido han sido de lo peor. Pero si no podés confiar en la justicia, ¿en quién confiás? ¿Cómo hago? ¿Cómo me defiendo si no entiendo nada?

Femicidio de Lucía Pérez: la década perdida, y el tejido social que sigue vivo
Los padres de Lucía junto al abogado Juan Pablo Gallego.

—¿Por esto empezaste a estudiar derecho?

—Sí, para poder entender. Porque para mí son inentendibles muchas cosas. Y eso es un gran sacrificio, otro reto en la vida. Pero no es justo. Yo no busqué esto. Busqué estudiar para ser enfermera, trabajar en la salud, llevar una vida tranquila con mis hijos, con mi marido, con mi familia. Y tuve que terminar luchando para defender a una hija.

—¿Qué es lo más difícil de atravesar en todas estas instancias judiciales?

—Lo más difícil es cuando dicen “vamos a mirar para adelante”. Claro, porque la niña de 16 años no es la tuya. Y el perverso negocio que ya está plantado en Mar del Plata es lo que hace que se lleven a una mujer para trata, que la maten, que le hagan lo que quieran. Es tan perverso que te lo van a dar vuelta, te van a hacer posible que la culpable fue Lucía, que la familia no sé, no estaba; o que como Lucía tenía una vida en familia, tenía una vida buena, pues la culpa la tiene ella, porque el otro no tuvo todas esas oportunidades.

Quieren hacer pasar a los reos como dos personas “desclasadas” de la vida. Estamos mandando un mensaje muy equivocado. Si vamos a decir que un niño que no tuvo oportunidades puede ser un asesino, un violador, un torturador, un narcofemicida o puede vender droga, estamos mandando un mensaje erróneo a la juventud.

—¿Por qué es importante hablar de narcofemicidio?

—Porque un narcofemicidio es muy diferente de un crimen de género común. Si vos mirás las estadísticas de las chicas asesinadas por narcos, las condenas son estas: les bajan las penas o terminan saliendo. Habrá mucho poder, mucho dinero, para descifrar esto. Porque de otra manera no lo podés entender.

—Hoy Juan Pablo Offidani sigue en libertad condicional. ¿Qué pasa con esa situación?

—Nosotros apelamos, el Ministerio Público Fiscal también, y la Cámara resolvió que este tipo tiene que volver a la cárcel. Pero eso lo tiene que decidir el Tribunal Oral N° 2, de Mar del Plata, que fue el que lo condenó. Mientras, vive a 30 cuadras de mi casa, no cumplió la condena y está libre. No está con una pulsera ni nada. Puede salir y entrar cuantas veces quiera. El tipo es un peligro. Hay peligro de fuga y también peligro de que nos haga algo a nosotros. Esto más allá de que hay repudio social, los vecinos no quieren un narco, un asesino al lado de su casa. Pero mientras se resuelva, tenemos que esperar.

—¿Se sienten acompañados por la gente?

—La gente ha estado siempre, y eso es lo más sano y lo más agradecido. La gente sabe la verdad. Y los medios también estuvieron siempre. Siempre nos acompañaron en los peores momentos. Imaginate si acá no hubiese habido nadie más que nosotros. Olvidate.

—¿Qué sería para ustedes sentir que finalmente hubo justicia para Lucía?

—Poder seguir con nuestras vidas. No estar todo el tiempo al sobresalto, pensando en la causa, desvelándote a la noche. Que haya justicia es tener un poco de paz. Un poco, porque paz completa no vamos a tener nunca, porque Lucía no va a estar más con nosotros.

Y en términos concretos de la causa, justicia sería que se confirme el femicidio, que se confirme la condena a perpetua para Farías y que Offidani vuelva a la cárcel y termine de cumplir los 15 años.

No pedimos más que justicia y piedad para una familia devastada con la muerte de una hija.

Femicidio de Lucía Pérez: la década perdida, y el tejido social que sigue vivo
En otra de las marchas contra los narcofemicidios, una performance en la Avenida 9 de Julio. La movilización frente a crímenes en los que el Estado también es responsabe.
Femicidios, narcotráfico y Estado